Monday, July 21, 2008

Hacia tierras mayas: nuevo viaje, nuevo blog



Vuelvo a hacer las maletas. Esta vez rumbo a Centro América: Guatemala y El Salvador en 23 días. La selva, los indígenas, la frontera, las maras, el Sida y la cooperación serán mías objetivos.
En este nuevo blog podréis seguirme los pasos...
...Piedra de toque

Thursday, January 03, 2008

Bolivia en fotos

Saturday, October 14, 2006

Por la ruta del Che

Los meses avanzan. En Bolivia continúo. Vuelvo a recorrer el Chaco y se me llenan los ojos de arena. Oigo el seseo de los vallegrandinos y saboreo la ambrosía de nuevo. La cara me pica por el sol de La Paz y la altura me nubla la vista. En Potosí la oscuridad me vuelve a atrapar. El olor a mina de los cuadernos me traslada al rincón en el que pica piedra "Sombrerito". Qué será ahora de él, pienso. Y me acuerdo de los guaraníes de Muyupampa y pienso en Grover, el niño de la calle. Qué historias.

Mientras tanto tecleo. Hoy publica Deia tres páginas sobre la Ruta del Che. El pasado 9 de octubre se cumplieron 40 años de su fusilamiento en La Higuera. Hasta allí nos vamos para recorrer los últimos lugares por los que caminó el guerrillero en vida. Y allí me lo encuentro todavía con vida en el recuerdo de sus habitantes. Incluso oigo su voz ronca que grita: Comandante, comandante.
Estas son las páginas del reportaje. Más adelante colgaré la de los otros temas publicados en el resto de medios.

Monday, September 18, 2006

Avanzamos

Avanzamos. Después de dos meses del viaje sego en camino. Ya siento la desconexión total con el blog en todo este tiempo. Perdón. Ahora retomo el blog para colgar los textos que se vayan publicando, que espero sean muchos, largos y buenos. Deia ya ha publicado dos. Una página sobre La Paz en la sección de viajes hace dos sábados y una doble en Gizartera, este domingo, sobre los últimos esclavos de Bolivia. La historia de los guaraníes del Chaco que trabaja de sol a sol para comprar su libertad.

Este domingo en Radio Euskadi con Roge Blasco en "Levando Anclas" hablaré sobre el viaje. El próximo domingo continuaré. Y mientras tanto, sigo editando los temas. En paralelo recorro Bilbao para cubrir ruedas de prensa o dar con pequeñas historias de local. Hay que comer. Además tengo una comida pendiente con Zigor.

En el recuerdo siguen las estrellas del Chaco. El olor de las tripas del Cerro Rico de Potosí. El sopor de los 3.500 metros de La Paz y, como no, la buena compañía de todos los que me guiaron por sus caminos.

Friday, July 28, 2006

Tres horas de arresto


Por esta foto. Tres horas. Caminaba por Santa Cruz. Era mi última mañana. Quería comprar algún recuerdo por la avenida Libertad, pero me equivoqué de calle. Y se fue la libertad. En un muro rosa veo un graffiti simpático contra la autonomía departamental. Saco mi cámara y la inmortalizo.
-Oiga, qué hace- Horror. Un policía se me acerca. La pared rosa resulta ser el muro de un banco.
-No puede tomar fotos sin autorización. A ver su pasaporte.- Segundo error. He salido de la casa sin nada. Tan sólo quería un recuerdo.
-Pues acompáñeme. Aquí Alfa7- El policía toma su radio- Aquí Alfa7- Y me hace entrar en el banco. Camino por el pasillo. Su superior me interroga. No tengo pasaporte, no me muevo. Alfa 7 sigue pegado a la radio. Viene el superior del superior. Me entra la risa, pero mejor no.
- Qué hacías, por qué, a qué te dedicas, el nombre, escríbelo- Todos son preguntas. Ahora se ríe el policía. Alfa 7 ha conseguido dar con otro mando. Viene a buscarme. "No se preocupe, vendrán los de Interpol. Le llevarán a comisaría y allí verificarán sus datos". Ciudadano clandestino.
Y en efecto. Aparece el gran mando, pero no viene solo. Con él caminan otros tres policías, pero vestidos de militares. Con cada paso giran las cabeza a los lados. Todo por una foto.
Se repiten las preguntas. Vuelvo a escribir mi nombre. Es absurdo.

Me montan en el auto con un policía militar a cada lado. Detrás en la parrilla de la camioneta otros dos militares armados. Delante un chofer sin cuello. De copiloto en capitán.
-¿Qué has hecho, robar el banco?- Por fin, hay uno que rompe el silencio. Es el militar de mi derecha. Con los labios pegados al cañón me dedica unas palabras.
-Sí, apunta de cámara. Le contesto. Ahora me pregunta por Bolivia. Qué me ha parecido. Sabe que soy periodista y quiere que le cuente. No hablamos mucho. Llegamos enseguida a "la central". Baja uno de ellos. Baja el otro. Me escoltan. Saco pecho. Parezco el destripador de cholas. Subo las escaleras y me sueltan en extranjería. Detrás de una puerta unos ocho policías pasan el tiempo. Todos se acercan al mostrador. Quieren ver la mercancía.
-Este extranjero fotografiaba el banco. No tiene documentación. Dice que es periodista. No sé cuál de las tres acusaciones es la más grave. Tal vez la última. Me río.
- Le hago gracia. Explíqueme el chiste- Y golpea la mesa con el puño. Me muerdo los papos, la lengua. La campanilla vibra.

Pasa una hora y ahí sigo. Al fondo de la sala. Escribiendo mi nombre y dando explicaciones. Les propongo ir a la casa en la que me hospedo a recoger el pasaporte. Aceptan. Toman sus pistolas y las introducen en riñones negras. Son dos policías. Van de paisano. Bajamos las escaleras del edificio. Me introducen en un jepp. Ahora más pequeño. Y a la casa. Por el camino no hay cruceña a la que no toquen el claxon. Es la auténtica pareja de policías.
Llegamos a la casa. El mayor se gira. Se pone serio. "No queremos sustos. Al mínimo movimiento, disparamos. Sabes que vamos armados. Hablo en serio. Hemos respetado tus derechos. Ahora entra enséñanos los documentos y volvemos". Trago saliva.
Y así fue. Introduzco la llave. Abro la puerta. Y doy un paso. Uno entra de lado. Mira y da otro paso. De película.

Todo en regla. Me hacen abrir la maleta. Remover la ropa. Todo en orden. Dos horas.
Volvemos a "la central". Fotocopian mis documentos y chau. "La seguridad es lo primero, no debes ir sin papeles, chaval". Ahora sí, ríen. Me devuelven la mochila. Me dan la mano. Y me desean feliz viaje. Les aprieto la mano. Y apunto sus nombres. Los don son Mamami. Basta de fotos por hoy. Decido volver a casa por otra avenida. La Libertad traiciona. Santa Cruz no defrauda, Bolivia tampoco.

(La seguridad del Cyber Café del Aeropuerto de Buenos Aires no me deja colgar la foto. El post no me lo puedo contener. Bolivia askatu. Nos vemos pronto. El domingo ya estaré por Bilbo)

Tuesday, July 25, 2006

seseo

Me he convertido en reptil. Ya no camino, me arrastro. Tomo las cuervas despacio. Primero la cabeza, después el cuerpo. Había programado cinco días tranquilos en Santa Cruz de la Sierra para retocar los temas, pero los parpados no me dejan. No sé cómo hará Zigor o el motorista Vespico. No lo sé. Mis ojos se abren y se cierran. Manda el segundero. Aprovecho para despedirme de mis compañeros de viaje, amigos. Desde el Chaco a Camargo todos se han portado. De este viaje me quedo con todos ellos. Chiquitanos o guarayos. Collas o cambas. Aimaras o quechuas. Lutxo o Willy. J.B. Con todos me quedo. Más allá de los paisajes, atardeceres y sabores. Me quedo con ellos. Repto. Paso los dedos por el teclado en busca de la letra. Mi cabeza aprovecha para ladear. Peligra la caída. A todos, mila esker. Ya tengo una gran escusa para volver.

olor de oscuridad

Julio Cesar Gutiérrez no sonríe, pese a estar de vacaciones y tener nombre de emperador. Lleva 5 horas trabajando en el Cerro Rico de Potosí a 3.000 metros de altura. Bajo tierra. Y a los 14 años son muchas horas de picar piedra, respirar cinc y esquivar explosiones.
Su padre tampoco sonríe. Lleva 30 años de maza y cincel, demasiados años para sonreír. El bolo de coca tampoco le deja espacio en la cara. Es el líder de una de las 57 cooperativas que trabajan en esta mina con más de cinco siglos de vida y de la que dependen 12.000 familias.
Son las 14.00 y comienza mi aventura en la mina. Cinco horas me bastan para que el olor se tatúa en mis manos, en mi ropa, en mi cara. El frío del altiplano pronto se convierte en un calor húmedo, como de sauna. La oscuridad lo tapa todo. Miedo.
Me cruzo ahora con el hermano de Julio Cesar, que sí sonríe. Sonrisa macabra. Enseña la mano. Se quita un guante marrón dedo por dedo. Le faltan dos falanges. Tiene 21 años y un hijo que alimentar. "La mina es nuestra única fábrica", señala Teodoro, el padre de estos dos monstruos. Son los primeros mineros con los que me cruzo en el primer sector, junto a los ríales en los que se quedaron los dedos de nuestro amigo. Si se vuelca la carretilla lena de mineral, cuado la empujan, nadie escapa. El que arrastra tiene las de perder. El que empuja escapa. Bajamos al segundo sector de los ochos hábiles. En tiempos de la colonia llegaba hasta el 21. El agua ha tapado el resto. Mejor, menos sufrimiento.
Allí en el segundo sector se respira todavía peor. A cuatro patas avanzo diez eternos minutos. La pared se reduce. Las paredes también. Todo es oscuridad. El olor es lo único que se hace visible y palpable.
Ricardo Quispe nos recibe en una bóveda. Nos pide alcohol de 96 grados. Es viernes y los mineros dedican este día a "chayar" a la Pachamama y al Tío. No tengo. Le ofrezco lo que me queda de un quintal de coca. Me habían avisado: si quieres que te cuenten su historia, dales alcohol o coca. Quispe lleva 38 años en la mina, desde los 20. Las gotas de sudor le resbalan por la espalda. Pide alcohol. Le doy coca. "Si no chayamos a la Pachamama tendremos problemas, se pone celosa y llegan los accidentes", me dice. Ya lo siento, pero si hay alcohol será en su casa donde lleguen los accidentes. Pero no hay tiempo para charlas. Vuelve a agacharse y continúa palpando trozos desprendidos de la pared. Los enfoca con la luz del casco. Busca estaño. "Hace tiempo que esto se secó, pero hay que comer", lamenta. Le quedan seis horas de trabajo. El tiempo no lo marcan las agujas del reloj, sino el vagón del mineral. Cada grupo debe sacar ocho toneladas. Si no, no comen.
Descendemos al tercer sector. Ahora por un tobogán de madera. Me astillo las manos y algo más. Miedo y asco. Empiezo a sudar. El bolígrafo se me resbala y el cuaderno cada vez tiene más polvo. Carlos Basilio tiene cinco hijos y el brazo de un herrero. En su otra vida, era artesano. De ahí el mote. "Sombrerito". "En la mina se gana más, aunque se envejece más rápido". De pie frente a la pared golpea su cincel. Con cada golpe una gemido. No sé si es la pared la que grita o la voz de sus hijos. "No les deseo la mina, pero si de mayores necesitan planta deberán ingresar", afirma "Sombrerito" de cara a la pared. De la pared caen de pronto unas piedras. No son muchas pero asustan. Decidimos irnos. Durante la trepada vuelven a caer rocas. Las esquivo, mi guía también, pero se le nota tenso. Ahora es una explosión. Salto. Sudo y gimo.
Salimos a fuera. Regresamos a la vida. Luz. Unos cincuenta hombres se preparan para entrar, otros borrachos discuten. Todos con su bolo de coca. Al fondo la ciudad sigue su ritmo. La tierra gime. Y el olor me desvela.

Thursday, July 20, 2006

Comandante, comandante


La ruta del Che no defrauda. Es una mina de historias, tópicos y personajes. Almuerzo con un médico cubano, Lázaro Izquierdo, en el mismo lugar en el que fusilaron al guerrillero Enresto Che Guevara. “Se trata de un sueño hecho realidad: trabajar para mi país desde este lugar”, señala el muy cubanote. Y conozco a una fotógrafa freelance francesa en La casa del telegrafista, posta en la que los mandos bolivianos recibieron la noticia de fusilar al Che y al Chino, miliciano con el que capturaron al utópico libertador. La posta se ha convertido ahora en un hostal, que Oda Lebras regenta, la fotógrafa. Llegó hace tres años para realizar un pedido de una agencia y decidió quedarse junto a su marido, otro fotógrafo, el señor Juan Legras. “Pueblo pequeño, infierno grande”, me confiesa con su tímido castellano. “Aquí todos son envidias. Se creen que ganamos dinero con este hostal, cuando no nos da ni para pagar a la empleada; pero nos gusta el silencio y, por eso, nos quedamos”, continúa. Pero tiene truco. Seis meses al año lo pasan viajando por el mundo realizando pedidos. Su marido está ahora en Buenos Aires, pronto partirán hacia Australia. No está mal.
Remonto en camión las cañadas por las que le cercó el ejército boliviano al Che. Ahora ya no son los uniformados los que me cercan, sino la niebla que inunda el valle. Avanza de loma en loma. El cielo rinde un tributo al Che. Todo está nublado.
Una señora de La Higuera, pueblecito en el que acabó la revolución, me asalta. “Yo tenía 20 años cuado el Che recorrió estas tierras. Todos teníamos mucho miedo. Todavía recuerdo el sonido del helicóptero que vino a recoger el cuerpo del Che. Mira a estas fotos”. Me cobra 50 bolivianos por el testimonio. Le fotografío y la espanto diciéndole que le pagaré más tarde, tal vez cuando asfalten la carretera que conecta este balcón de la historia con el mundo.

Hasta él he llegado en un micro por 12 bolivianos, que me ha dejado en Pucará, desde allí un camión de carga me ha ahorrado las dos horas de caminata. Por el camino la vista se pierda en el paisaje. Las colinas de los valles aparecen y reaparecen como olas. El chofer del micro resulta ser el propietario del “museo” del Che. “No quería que se perdieran las reliquias que los campesinos guardaban en sus casas”. Los de museo es un regalo. En realidad se trata de un trastero, con cuatro telarañas y entre ellas una silla, supuestamente en la que se sentó Ernestico. También cuenta con una cantimplora, munición, un fusil... Quedamos para hablar a la vuelta, quiere presentarme a gente.

En La Higuera permanezco tres horas. No da para más. Lo que me cuesta fotografiar el busto al heroico guerrillero y descubrir a mis personajes. Después corro a subirme en un camión para que me devuelva a Valle Grande. En la parte trasera me tiro, junto a un centenar de sacos de patatas y 20 campesinos. Uno me toca en el cogote. Quiere saber de dónde soy. Tiene los ojos negros cristalinos, tan cristalinos que uno ni se le mueve. “¿Chileno?”, me pregunta. “¿De Londres?” , vuelve a probar suerte. Hablamos durante las seis horas que dura el viaje. Cabalgamos por el valle. Saltamos en los baches como los sacos de patatas.
Ya en Valle Grande, quedo con el chofer. Me presenta a Lucinda Rico. “Almita del San Che, si quieres que vaya a visitarle, consígueme un día libre en el trabajo. Y todos los aniversarios consigo viajar a la Higuera”, me cuenta la señora mientras le enciende una vela a la imagen del luchador argentino.

“Todo esto es un cuento chino. Si no hubiera sido por el mito, hace años que La Higuera hubiera desaparecido. Nadie pensaba que la muerte de este idealista diera para tanto”, señala Eric Blösff. Ahora estoy en El Mirador, el restaurante que regenta este alemán de 60 años. Me invita a una Paceña bien fría. Ya es de noche y la cerveza cae como una cascada. Estoy en ayudas y empiezo a ver a Eric algo borroso, pero merece la pena. Ya veo el despiece del reportaje. Trabajaba en La Higuera cuando ejecutaron al Che. Recuerdo muy bien aquellos días. Ha sido protagonistas de infinidad de reportajes y hasta el propio Che se hospedó en la cabaña que tiene en el campo. Ahora su restaurante de aires europeo se ha convertido en un paso obligado. Es en un testigo privilegiado de todo aquellos días.
Allí se apaga el día. Vuelvo hacia mi hostal en diálogo con mi estómago, el cuaderno lleno de historias y la ropa humeando polvo. Entonces oigo la voz. “Comandante, co-man-dan-te...”. Me rasco la perilla. Maldita cerveza.